Un estudio realizado en México sobre el adulto mayor en relación con las condiciones en las cuales vive nos mostró lo siguiente siendo en gran medida impactante ya que por lo que se puede anticipar que si en 2005 había 2 millones de adultos mayores, para el año 2050 uno de cada cuatro mexicanos será un anciano.Una parte importante de esta población de adultos mayores vive en situación de pobreza: dos de los cinco millones de hogares están en esta situación. Otra característica es que 55% de los adultos pobres corresponde a mujeres, lo cual es necesario tener siempre presente porque varones y mujeres no envejecen igual. Su experiencia es diferente debido, entre otras razones, a los papeles genéricos que cada uno debe desempeñar en la sociedad.
Obteniéndose en los resultados que de los 103 participantes, 40 fueron varones y 63 mujeres. El promedio de edad fue de 70 años. Más de la mitad nunca fue a la escuela, y el resto, en su mayoría, sólo cursó un par de años de primaria. La mitad estaba casada, y la otra mitad estaba formada por viudos, divorciados o abandonados, pero es un hecho que vivían solas más mujeres. La mayoría aún trabajaba, sobre todo de manera informal en actividades de baja remuneración relacionadas con sus papeles de género: las mujeres
aseaban otras viviendas, lavaban ropa ajena, eran costureras o elaboraban alimentos para venderlos.
Los varones trabajaban en la limpieza de viviendas, recolección de basura para venderla y en empleos temporales como peones de albañil o conserjes.
Tanto a mujeres como a varones adultos mayores les preocupaba llegar a padecer enfermedades prolongadas, incapacitantes, o ambas, no poder caminar y requerir ayuda física. Sin embargo, las razones de su preocupación eran diferentes. En los varones responde no sólo al hecho del mero deterioro en su calidad de vida, sino porque no pueden trabajar ni cumplir con su papel de proveedores. O bien, porque algunas enfermedades como la diabetes los han afectado en su identidad masculina: disminuyó o perdieron su virilidad y, por lo tanto, la esposa los abandonó o se vieron en la necesidad de claudicar como autoridad principal en el hogar.
Por otro lado, existe poco apoyo institucional, ya sea por parte del gobierno o por parte de instituciones de carácter privado o religioso. En general, son las mujeres quienes más acceden a solicitar estos apoyos.
Los principales apoyos con que cuentan estos adultos mayores provienen de la familia cercana, como hijos e hijas, yernos y nueras. Los ancianos que viven solos reciben apoyo de vecinas, y las mujeres reciben ayuda de familiares directos. En relación con el tipo de apoyo, es más común que los hombres reciban dinero, y las mujeres, compañía y cuidados.
Esta situación de dependencia económica con respecto a la familia es compartida por varones y mujeres, pero resulta más “incómoda” para los varones puesto que antes de llegar a la vejez ellos fueron reconocidos como proveedores económicos de la familia y desempeñaron este papel por muchos años. En esta etapa de la vida terminan siendo dependientes, lo cual les resulta difícil de aceptar, a diferencia de las mujeres, quienes aun a esta edad pueden desempeñar su papel de cuidadoras.
Es relevante identificar una experiencia de envejecimiento en estas personas mayores, diferenciada por condición social de género, en donde la identidad masculina se erige en esencia como fuerza de trabajo que provee a la familia, y la femenina como la que suministra cuidados, atención y afecto.
Derivado de lo anterior, surge en primer lugar la necesidad de considerar que la vivencia del envejecimiento
y de la calidad de vida en esta etapa es una responsabilidad social y no sólo individual. En segundo lugar, es necesario considerar que toda acción encaminada a satisfacer sus principales necesidades, aunque éstas se ubiquen en el área de la salud, debe reunir a varios sectores e incorporar a las instituciones gubernamentales, la sociedad civil y las familias.
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